La virtud de caridad

Artículos Catecismo
De todas las virtudes, la que ejerce ciertamente el papel de reina es la virtud de la caridad, puesto que es a la vez:

• Superior a todas las virtudes morales, ya que éstas se ordenan directamente a los medios conducentes a Dios, y sólo indirectamente a Dios.
• Superior a las otras dos virtudes teologales, ya que la fe y la esperanza son virtudes de exilio, que desaparecerán en la patria celestial: dejaremos de creer en Dios cuando lo veamos cara a cara, y dejaremos de esperar en Dios cuando gocemos de El plenamente; mientras que nunca dejaremos de amar a Dios: «Ahora permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad; pero la caridad es la más excelente de todas» (I Cor. 13 13), porque «la caridad nunca cesará» (I Cor. 13 8). El cielo será el desarrollo perfecto y eterno del grado de amor a Dios que hayamos alcanzado en esta vida.

1. Naturaleza de la caridad.

La caridad es la virtud teologal infusa que nos inclina a amar a Dios sobre todas las cosas por ser Él quien es, Bondad infinita. Según Santo Tomás, este amor reviste la forma de amistad entre Dios y nosotros: esto es, supone esencialmente la reciprocidad. Por eso, para comprender bien la naturaleza del amor que debemos a Dios, es preciso considerar antes la naturaleza del amor con que Dios tiene a bien honrarnos.
1. Amor que Dios nos tiene a nosotros. El amor de Dios por nosotros es un verdadero amor de padre, amigo, hermano y esposo; un amor que no conoce ni la sombra de una imperfección, y que supera infinitamente en fuerza, en ternura y en abnegación a todos los amores humanos. Y este amor infinito, Dios lo tiene a cada uno de nosotros, como si cada uno de nosotros fuese su único objeto:«Vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí»(Gal. 2 20).
El hombre jamás habría osado creer en un tal amor por parte de Dios, si Dios mismo no le hubiese dado testimonio de él, tanto por sus palabras como por sus beneficios: • por sus palabras: pues toda la Sagrada Escritura proclama que «Dios es caridad» (1 Jn. 4 16); verdad que brilló particularmente cuando Dios hecho hombre nos enseñó las ternuras infinitas de su Corazón de Hombre-Dios (baste recordar la parábola del hijo pródigo); • por sus beneficios: pues no somos en realidad más que una suma de las bondades de Dios, tanto en el orden natural (beneficio de la creación y elevación al orden sobrenatural) como en el orden sobrenatural (beneficio de la redención, con todo lo que supone: don de la persona de Cristo, de la Virgen María, de la Iglesia y de la gracia).

2. Amor que nosotros debemos a Dios. Ya que Dios se ha dignado amarnos con un verdadero amor de padre, de amigo, de hermano, de esposo, nosotros debemos amarlo a nuestra vez: «Amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó el primero» (1 Jn. 4 19), y ello de tres maneras:
• Con amor de concupiscencia: consiste en AMAR A DIOS POR SER NUESTRO SUMO BIEN, esto es, el único capaz de satisfacer la irresistible aspiración a la perfección y a la felicidad, que El mismo ha puesto en el fondo de nuestro ser. «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestra alma no hallará descanso hasta que se repose en Ti», decía hermosamente San Agustín.
• Con amor de complacencia: consiste en complacernos en las infinitas perfecciones de Dios, es decir, en AMAR A DIOS POR SÍ MISMO, ya que El es el Ser que reúne en Sí mismo, en grado infinito, todas las amabilidades capaces de atraer nuestro amor.
• Con amor de benevolencia: consiste en QUERER PARA DIOS TODO EL BIEN POSIBLE, es decir, procurarle la gloria exterior en vista de la cual ha creado todas las cosas, y que consiste en reinar sobre las almas: sobre la nuestra, por el trabajo de santificación personal, y sobre las demás, por el trabajo de apostolado.

2. Cualidad principal de la caridad.

Nuestro amor a Dios debe ser sumo, es decir, que debemos amar a Dios sobre todas las cosas. Por eso debemos establecernos en la disposición: • de hacerlo, sufrirlo y sacrificarlo todo antes que perder la amistad de Dios por un pecado mortal, o simplemente enfriarla por el pecado venial o la falta de correspondencia a sus gracias; • y de amar todo lo que amamos fuera de Dios sólo según Dios y por Dios. En otras palabras, el amor de Dios debe dominar, regular y santificar todos nuestros demás amores y afectos.

3. Excelencia de la caridad.

La caridad es absolutamente inseparable de la gracia santificante: una no va jamás sin la otra, ni aumenta o desaparece sin que también la otra aumente o desaparezca en la misma medida. Esta es la razón por la que algunos Doctores las han identificado.
Además, la caridad vivifica todas las demás virtudes: sin ella la fe y la esperanza quedarían informes, como un cuerpo sin alma, y no lograrían llevarnos a Dios; y por el mismo motivo, las virtudes morales más eminentes serían impotentes para lograr el menor crecimiento de vida sobrenatural: «Aun cuando yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tuviere caridad, vengo a ser como un bronce que suena o un címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y penetrase todos los misterios y todas las ciencias; si tuviera toda la fe, de manera que trasladase los montes, no teniendo caridad, no soy nada. Y si distribuyo todos mis bienes para sustento de los pobres, y entrego mi cuerpo a las llamas, si la caridad me falta, no me sirve de nada» (I Cor. 13 1-3).

Finalmente, en razón de sus efectos maravillosos, la caridad es como el eje del orden sobrenatural:
1. La caridad justifica al hombre, incluso antes de la intervención de los sacramentos. La caridad perfecta, por su sola presencia en el alma, la purifica del pecado, la reviste de la belleza de la gracia santificante, y la establece en la amistad de Dios. Sobre la pecadora del Evangelio dijo Jesús: «Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho» (Lc. 7 47).
2. La caridad hace meritorias las menores acciones. A los ojos de Dios y desde el punto de vista de la eternidad, nuestra vida, en su conjunto y en cada uno de sus actos e instantes, es pesada y valorada según el amor divino que la anima.
3. La caridad fortalece al alma en la práctica del bien y la hace capaz de grandes cosas. «Todo es fácil y dulce para el que ama». Este principio, indiscutible ya en el amor humano natural, lo es todavía más en el amor divino sobrenatural, como lo prueba la historia de los mártires y de todos los santos.
4. La caridad procura a Dios la gloria que se propuso como fin en sus obras exteriores. Todo, en esta vida, ha sido hecho para el hombre; y el hombre, a su vez, ha sido creado para unirse a Dios. Por eso, en la misma medida en que el hombre, por la caridad, se une a Dios, la creación inferior, a la que el hombre domina y resume, alcanza por él y en él su último fin, que es la gloria de Dios.
5. Resumiendo, la importancia de la caridad es tal, que Jesús la convierte en el primero y mayor de todos los mandamientos, en el que se resume toda la Ley: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Amarás al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley y los Profetas» (Mt. 22 37-40). Por lo tanto, la caridad es nuestro primer y, podríamos decir, único deber en esta tierra, así como será en el cielo el principio de nuestra felicidad eterna.

4. Práctica de la caridad.

La caridad es el don de Dios por excelencia, porque supone la gracia santificante, es decir, la posesión de Dios. Por eso debemos pedir sin cesar su crecimiento al Corazón de Jesús, «Horno ardiente de caridad». Pero, al mismo tiempo, debemos multiplicar frecuentemente sus actos, tanto los actos que podríamos llamar negativos, como los positivos.
1. Actos negativos de caridad por la lucha contra el pecado. El amor de Dios se traduce ante todo por el horror al pecado y el temor filial de desagradar a Dios. En su mínimo grado, el amor nos ha de llevar a evitar habitualmente el pecado mortal, para no perder la amistad de Dios; en un grado más perfecto, nos ha de hacer evitar el pecado venial deliberado; y en su grado supremo, nos ha de hacer reaccionar incluso contra las faltas de sorpresa y de fragilidad, o retractarlas y repararlas por un aumento de humildad y de amor cuando no hayamos sabido evitarlas.

2. Actos positivos de caridad. El amor de Dios se ha de traducir también en obras, que pueden ser de dos clases: actos de amor afectivo, y actos de amor efectivo.

a) Actos de amor afectivo: consiste en estimar sobre todo otro bien la felicidad de amar a Dios y de ser amado por Él. Se manifiesta como el afecto humano: cuando queremos a alguien, nos complacemos en manifestárselo en toda ocasión, en pensar en él, en buscar su presencia, en mantener con él un trato frecuente e íntimo, en hacer nuestros sus intereses.

Así debe suceder con nuestro amor a Dios: • debemos expresárselo por medio de frecuentes actos de amor; • debemos probarle su sinceridad elevando a menudo nuestro pensamiento hacia El y viviendo habitualmente en su presencia; • debemos mantenernos en comunicación íntima con El, sobre todo por nuestro fervor de voluntad en los ejercicios de regla, por la piadosa costumbre de las oraciones jaculatorias, por la pureza de intención; • debemos, finalmente, hacer nuestros los intereses de Dios:no tener mayor alegría que ver a Dios alabado, amado, glorificado, y estar dispuestos a todo para extender su gloria; no tener mayor pesar que ver su amor desconocido, despreciado, ultrajado, y estar dispuestos a todo para ofrecerle reparación.

b) Actos de amor efectivo: consiste en traducir el amor afectivo por medio de todo tipo de actos de conformidad con la voluntad de Dios: «No todo aquél que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial» (Mt. 7 21); «quien me ama observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y en él haremos nuestra morada» (Jn.14 15 y 23). Recordemos que esta conformidad, según ya vimos en un número anterior de Hojitas de Fe, puede revestir dos formas:

• Conformidad de acción: es la conformidad con la VOLUNTAD DIVINA SIGNIFICADA, y consiste en la OBEDIENCIA filial a lo que Dios nos manda, ya exteriormente por los Mandamientos, la Regla y los Superiores, ya interiormente por las inspiraciones de la gracia, debidamente examinadas y aprobadas por el director espiritual.
• Conformidad de aceptación: es la conformidad con la VOLUNTAD DIVINA DE BENEPLÁCITO, y consiste en el ABANDONO y sumisión filial a todas las disposiciones de la divina Providencia. Se funda en el principio de fe de que nada sucede sin la voluntad de Dios, es decir, sin su orden o permisión. Jesús mismo nos afirma que ni un solo pajarillo cae en tierra, ni uno de nuestros cabellos se desprende de nuestra cabeza, sin el permiso de nuestro Padre celestial (Mt. 10 29-30). De donde se sigue que todo lo que sucede, aunque proceda de la voluntad más perversa, sirve a Dios de instrumento para procurar nuestro mayor bien, es decir, nuestra santificación (I Tes. 4 3). Así, por ejemplo, la Pasión de Jesús, que fue la obra más inicua del furor de Satanás y de la perversidad de los hombres, se convirtió, bajo el imperio soberano de la voluntad de Dios, en el instrumento por excelencia de nuestra salvación.

Fuente: Hojitas de fe 249

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