¿Qué es el Rosario?

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San Pío V lo definió diciendo: «El Rosario es una manera fácil, al alcance de todos, y grandemente piadosa de orar y de rogar a Dios; por la cual se venera a la Santísima Virgen, repitiéndole ciento cincuenta veces la salutación angélica, semejando el salterio de David, y anteponiendo a cada decena el Padrenuestro; acompañado todo con una meditaciones, que abrazan la vida entera de Nuestro Señor Jesucristo.»

«Este ejercicio piadoso, netamente español, no ya solo por su origen, sino por su aceptación y práctica universal y constante en nuestra patria, es copia del culto evangélico, que le dan a la Virgen el Ángel y Santa Isabel, interpolando la oración enseñada por Jesucristo, y terminando con la letanía, que recapitula los títulos de honor tributados a la Bienaventurada Madre de Dios por los Santos Padres.

 «Reúne además la condición de ser Catecismo abreviado, que contiene la historia redentora en tres fases, de trabajos, sufrimientos y gloria; reúne el doble título de enseñanza y plegaria, de protesta contra la herejía por la repetición del acto de fe en la encarnación y en la maternidad de Maria

«Es arma poderosa puesta en manos de los fieles, que consigue lo que no pueden conseguir las bayonetas, ni las disputas y controversias: mover una cruzada pacífica y espiritual, impretatoria, capaz de ablandar las entrañas del Hijo y conmover las de la Madre» (Domenech, Arzobispo de Zaragoza).

El rezo de las Letanías no es necesario en el rosario para ganar las indulgencias.

San Luis María Grignión de Montfort, en su librito El Secreto admirable del Santísimo Rosario, escribe: «Guardaos de mirar como vulgar, y, a la manera de algunos sabios orgullosos, como pequeña y de poca importancia esta práctica del rosario: es verdaderamente grande, sublime y divina. El cielo, os la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos, a los herejes más obstinados. Dios ha ligado a ella la gracia en esta vida y la gloria en la otra. Los Santos la han practicado, los Sumos Pontífices la han autorizado.»

Es el Santísimo Rosario «como una corona de rosas celestiales engarzadas por el hilo de oro de la consideración de los dolores y gozos de la Virgen Madre, y verdadero compendio de teología casera, en la que el Salvador escribió con divina pluma el Padrenuestro, los Ángeles el Avemaría, la Iglesoa los divinos Misterios y los Santos Padres los sublimes títulos de la Letanía Lauretana.

«Es la oración en que más se deleita y agrada la Santísima Virgen. Es la corona más rica de flores de devoción que podemos depositar en manos de la Señora; es toda una sarta de perlas cordiales que desgranamos en su honor; es toda una guirnalda de rosas magníficas, y mejor aún y más breve, el rosal de las finas alabanzas de María.» (Dr. Luciano Pérez Platero, Obispo de Segovia, Pastorales de 24 de septiembre de 1934 y 18 de septiembre de 1929.)

EL ROSARIO

Es el Rosario con sus bellos granos
un ramillete de fragantes flores
de variados y mágicos colores,
que a la Virgen le ofrecen los cristianos.

Sus pétalos deshojan con sus manos
a María cantando sus amores,
confiados pidiendo los favores
de sus brazos maternos, soberanos.

Y la Virgen por cada Avemaría
que los labios pronuncian amorosos;
una sonrisa desde el cielo envía.

Una sonrisa que es una promesa
de dones de los cielos abundosos,
que a los que rezan, de enviar no cesa.

V.M.

El P. Juan de Montalvo, que fue Maestro de novicios de Villarejo de Fuentes, estando en fervorosa oración en la capilla, en la noche del día siguiente a la fiesta de la Asunción de María, vio a la Santísima Virgen sobre el altar, más hermosa y resplandeciente que el sol, quien tomándole el rosario que el Padre tenía en las manos, se lo puso en el propio cuello, adornándose con él como con rica cadena de perlas y diamantes. Así lo tuvo un rato y luego se lo quitó y lo volvió a poner en las manos de su siervo. El Padre desde aquel día tuvo este rosario en tal estima, que nunca lo apartó de sí, ni en vida ni en muerte. (A. Drive, María y la Compañía de Jesús, pág. 145.)

San Alonso Rodríguez nos cuenta en su Memorial, 3, que se ejercitó mucho en la oración vocal de devociones que tenía, rezando el rosario de Nuestra Señora, considerando por su orden los quince misterios.

Y refirió él a sus hermanas, que a los principios, rezando el rosario, solía ver delante de sí en el aire a cada Padrenuestro una muy linda rosa encarnada, y a cada Avemaría otra blanca de igual belleza y fragancia. (P. Colín, Vida de San Alonso Rodríguez, Lib. I, cap. II.) Esto le sucedió en Segovia antes de ser religioso.

Una hermosa leyenda del siglo XIII refiere que un joven religioso, muy devoto del Avemaría, la rezaba con frecuencia delante de una imagen de la Virgen. A cada Avemaría caía de sus manos una rosa, que recogía la Virgen, formando una guirnalda, para colocarla después sobre la cabeza de su devoto. Otros creían que al lado de cada cristiano que rezaba el rosario con fervor y atención, se colocaba un ángel, visible algunas veces, que iba ensartando en un hilo de oro una rosa con cada Avemaría y una azucena por cada Paternoster, y que después de colocar esta guirnalda en la cabeza del devoto de María, desaparecía dejando un suave olor de rosas. (Orsini, Historia de María, libro XX.)

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