Día 5: Novena a San Francisco de Asís

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Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios omnipotente y Padre misericordiosísimo, que penetráis hasta lo más íntimo del corazón, aquí me tenéis rendido a vuestra divina presencia, movido de un vivo deseo de conocer mis pecados, para poderlos debidamente llorar, y obtener de vuestra inefable bondad el perdón de todos ellos. Alumbrad mi entendimiento con vuestras soberanas luces, inflamad mi voluntad con un rayo de vuestro divino amor, para que devota y fructuosamente medite en esta novena las virtudes, que con su ejemplo me enseñará mi seráfico padre San Francisco. Sostenedme, Dios mío, con vuestra gracia. María, Madre de Dios y madre de pecadores, ayudadme a alcanzar de vuestro divino Hijo el perdón de todas mis culpas, y la perseverancia final en su santo amor y temor. Amén.
MEDITACIÓN DEL AMOR QUE SAN FRANCISCO TENÍA A DIOS.
Caldeado el corazón de San Francisco en la fragua del amor divino, en alas de caridad vuela con sus compañeros a impetrar del sumo Pontífice la confirmación de la regla que le había inspirado Jesucristo. Asegurado de la divina misión, no suspira más que amar a Dios, y que sea amado y loado de todos los hombres. El incendio de caridad que abrasa su corazon, y que San Buenaventura llama «un ascua de fuego abrasador», le inflama, le diviniza, le merece el nombre de Serafín. Este mismo le hacia decir a sus hijos: «Nada debemos desear, nada más debemos apetecer que al Criador, al Redentor y al Salvador, porque solo Él es el verdadero bien, el bien por excelencia, el único bien que debemos amar. Alabemos pues, bendigamos, glorifiquemos, adoremos y demos gracias al Altísimo, eterno y sumo Dios».
ORACIÓN
Amorosísimo Redentor y bienhechor de las almas, ¿quién será capaz de comprender la caridad que ardía en el abrasado corazón de vuestro siervo Francisco? Traspasada su alma con el encendido dardo de vuestro amor, os decia: «Dios mío y todas las cosas! ¡Quién sois vos, dulcísimo Señor y Dios mío, y quién soy yo, vil gusano de la tierra! Yo, Señor, deseo daros todo mi corazón, todo mi cuerpo y toda mi vida; quiero amaros, y quisiera tener ocasiones en que manifestaros mi amor». Haced pues, dulce amor de los corazones, que el mío, que tantas veces se ha olvidado de su Dios, ya no piense más que en su Criador, y no sepa vivir sino amando al único objeto digno de ser amado. Quiero amaros, dulce Jesus mío, y a imitación del amante San Francisco, digo con toda la efusión de mi alma: «La fuerza de vuestro amor aparte de mi mente cuanto está bajo del Cielo, para que víctima del amor divino muera por Aquel que por mí murió». Así sea.
Ahora diremos cinco veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri en memoria de las cinco llagas que imprimió Jesucristo Señor nuestro en el cuerpo de nuestro seráfico Padre.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Seráfico Padre mío, prodigio de la gracia y copia la más viva de Cristo crucificado, he meditado una de vuestras heroicas virtudes, y prometo desde ahora arreglar conforme a ella mi comportamiento. Elegido vos para reparar el mundo, vuestra voz, cual clarín evangélico, resonó por todas partes, despertando a los pecadores del funesto letargo de la culpa. Despertad, Padre mío, mi adormecida conciencia, y haced que, avivado por la divina gracia, llore humildemente mis desaciertos y extravíos. Vos formasteis, cuando acá en la tierra morábais, la caritativa resolución de conceder cuanto se os pidiese por amor de Dios. Por este mismo amor suplícoos que de tal modo ejerciteis conmigo los oficios de padre, de manera que nunca desmerezca vuestra protección y amparo, cumpliendo siempre, a imitación vuestra, lo que sea del agrado de Dios. Y vos, dulcísima Madre mía, que tanto agraciasteis a vuestro siervo San Francisco, impetradme de vuestro divino Hijo la gracia particular que le pido en esta sagrada novena, si ha de ser a mayor gloria de Dios, provecho del prójimo y bien de mi alma. Para ello interpongo también la poderosa protección de mi seráfico Patriarca, ayudado de la cual y de la vuestra, me prometo una vida santa, una muerte dichosa y la bienaventuranza eterna. Así sea.
GOZOS EN HONOR AL SERÁFICO PATRIARCA SAN FRANCISCO
Pues con Dios tanta cabida
tenéis, Padre soberano.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Vuestro nacimiento santo
causó con igual porfía
al mundo eterna alegría
como al Infierno dio llanto:
el Cielo ansioso por tanto
como un pesebre os convida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Cuando os llegasteis a echar
en la nieve, Santo mío,
no tuvisteis miedo al frío,
que a todos hace temblar:
y pues no disteis lugar
a la pasión atrevida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
En una zarza, a mi ver,
de cambrones penetrantes,
¡oh Francisco!, quereis antes
arrojaros, que caer:
y la que espinas fue ayer,
hoy de tenerlas se olvida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
En apariencias de dama
Os tentó el demonio, y luego
Para apagar aquel fuego
De otro fuego hicisteis cama:
Vuestra fervorosa llama
Fue del Infierno temida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
Herido, mi Padre fiel,
en manos, pies y costado,
de Cristo crucificado
hacéis un vivo papel:
y pues sois a la de Aquél
imagen tan parecida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Entre resplandores bella,
dejó el mundo vuestra alma,
a gozar dichosa palma
se fue como clara estrella:
y pues del lugar de aquella
dio Lucifer su caída.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
En pie quedó, como es cierto,
¡oh divino Serafìn!,
vuestro cuerpo, porque al fin
no tuvo en qué caer muerto:
y en la esfera en que os advierto,
sois de pobres acogida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Y pues sois patrón y guía
de quien busca vuestro amparo,
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Antífona: ¡Oh mártir de deseo, San Francisco! ¡Con qué afecto tan tierno y compasivo sigues por el camino de la Cruz al que se la carga por tu amor! En vano suspiras por el martirio, pues ya el mismo Señor crucificado imprime en ti sus llagas, y hace que sientas la atrocidad de sus dolores. Atiende desde el Cielo a tus devotas ovejuelas, y alcánzales de Dios que vayan a aumentar el número de tus dichosos compañeros en la gloria.
℣. Ruega por nosotros, padre nuestro San Francisco.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.
ORACIÓN
Oh Dios, que por los méritos del bienaventurado San Francisco adornaste tu Iglesia con una nueva familia, concédenos que, a imitación suya, despreciemos las cosas de la tierra, y nos hagamos dignos de ser partícipes de los dones celestiales: Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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