Día 6: Novena a San Francisco de Asís

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Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios omnipotente y Padre misericordiosísimo, que penetráis hasta lo más íntimo del corazón, aquí me tenéis rendido a vuestra divina presencia, movido de un vivo deseo de conocer mis pecados, para poderlos debidamente llorar, y obtener de vuestra inefable bondad el perdón de todos ellos. Alumbrad mi entendimiento con vuestras soberanas luces, inflamad mi voluntad con un rayo de vuestro divino amor, para que devota y fructuosamente medite en esta novena las virtudes, que con su ejemplo me enseñará mi seráfico padre San Francisco. Sostenedme, Dios mío, con vuestra gracia. María, Madre de Dios y madre de pecadores, ayudadme a alcanzar de vuestro divino Hijo el perdón de todas mis culpas, y la perseverancia final en su santo amor y temor. Amén.
MEDITACIÓN DEL AMOR DE SAN FRANCISCO A LOS PRÓJIMOS
El ardoroso volcán del divino amor, que había trasformado a Francisco en un abrasado serafín, le hacía decir que no podia reputarse amigo de Cristo, si no extendia su caridad a las almas que había redimido con su Sangre. Contemplábase deudor a sus prójimos de su oración, de su predicación, de sus penitencias y de su buen ejemplo. Su caridad le hacía pensar en la salvación de los hombres, del mismo modo que había pensado Jesucristo; y clamando a Dios de lo íntimo de su corazón por la salud espiritual de los hombres, oye al divino Salvador que le dice: «Muy solícito andas tú y tus hijos por la salvación de las almas; pide pues lo que quieras por su salvación, porque yo te suscité para luz de las gentes y reparación de la Iglesia». Alentado Francisco con estas palabras, y con la protección de María, pide la célebre indulgencia de Porciúncula, con la que a todos quiere abrir las puertas del paraíso. «¡Oh caridad admirable!, exclama San Buenaventura. ¡Oh caridad excelsa, que a imitación del Apóstol hace a Francisco un todo para todos, para salvarlos a todos!».
ORACIÓN
Misericordiosísimo Abogado de los hombres, que en prueba de la complacencia con que escucháis los clamores de vuestros siervos, concedisteis a vuestro siervo Francisco la milagrosa indulgencia de Porciúncula, y quisisteis renovar en él los excesos de vuestra gran caridad a los hombres; haced que mi corazón, a imitación del caritativo Francisco, no solo se compadezca de las miserias espirituales de mis semejantes, sí que tambien de las corporales. Estas le hacían tan compasivo, que se tenía por ladrón si no socorría la necesidad del que contemplaba más necesitado que él, desprendiéndose de sus vestidos y de su necesaria comida en alivio de las necesidades ajenas; y aquellas las lloraba con tanta amargura, que se tenía por indigno de la misericordia de Dios si no la lograba por los pecadores. Por esta tan abrasada caridad os suplico, Padre mío, que arda mi corazón en llamas de amor al prójimo, y que siendo con él misericordioso, alcance el eterno premio que teneis prometido a los compasivos. Amén.
Ahora diremos cinco veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri en memoria de las cinco llagas que imprimió Jesucristo Señor nuestro en el cuerpo de nuestro seráfico Padre.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Seráfico Padre mío, prodigio de la gracia y copia la más viva de Cristo crucificado, he meditado una de vuestras heroicas virtudes, y prometo desde ahora arreglar conforme a ella mi comportamiento. Elegido vos para reparar el mundo, vuestra voz, cual clarín evangélico, resonó por todas partes, despertando a los pecadores del funesto letargo de la culpa. Despertad, Padre mío, mi adormecida conciencia, y haced que, avivado por la divina gracia, llore humildemente mis desaciertos y extravíos. Vos formasteis, cuando acá en la tierra morábais, la caritativa resolución de conceder cuanto se os pidiese por amor de Dios. Por este mismo amor suplícoos que de tal modo ejerciteis conmigo los oficios de padre, de manera que nunca desmerezca vuestra protección y amparo, cumpliendo siempre, a imitación vuestra, lo que sea del agrado de Dios. Y vos, dulcísima Madre mía, que tanto agraciasteis a vuestro siervo San Francisco, impetradme de vuestro divino Hijo la gracia particular que le pido en esta sagrada novena, si ha de ser a mayor gloria de Dios, provecho del prójimo y bien de mi alma. Para ello interpongo también la poderosa protección de mi seráfico Patriarca, ayudado de la cual y de la vuestra, me prometo una vida santa, una muerte dichosa y la bienaventuranza eterna. Así sea.
GOZOS EN HONOR AL SERÁFICO PATRIARCA SAN FRANCISCO
Pues con Dios tanta cabida
tenéis, Padre soberano.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Vuestro nacimiento santo
causó con igual porfía
al mundo eterna alegría
como al Infierno dio llanto:
el Cielo ansioso por tanto
como un pesebre os convida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Cuando os llegasteis a echar
en la nieve, Santo mío,
no tuvisteis miedo al frío,
que a todos hace temblar:
y pues no disteis lugar
a la pasión atrevida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
En una zarza, a mi ver,
de cambrones penetrantes,
¡oh Francisco!, quereis antes
arrojaros, que caer:
y la que espinas fue ayer,
hoy de tenerlas se olvida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
En apariencias de dama
Os tentó el demonio, y luego
Para apagar aquel fuego
De otro fuego hicisteis cama:
Vuestra fervorosa llama
Fue del Infierno temida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
Herido, mi Padre fiel,
en manos, pies y costado,
de Cristo crucificado
hacéis un vivo papel:
y pues sois a la de Aquél
imagen tan parecida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Entre resplandores bella,
dejó el mundo vuestra alma,
a gozar dichosa palma
se fue como clara estrella:
y pues del lugar de aquella
dio Lucifer su caída.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
En pie quedó, como es cierto,
¡oh divino Serafìn!,
vuestro cuerpo, porque al fin
no tuvo en qué caer muerto:
y en la esfera en que os advierto,
sois de pobres acogida.
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Y pues sois patrón y guía
de quien busca vuestro amparo,
Dadnos, Francisco, la mano,
para imitar vuestra vida.
Antífona: ¡Oh mártir de deseo, San Francisco! ¡Con qué afecto tan tierno y compasivo sigues por el camino de la Cruz al que se la carga por tu amor! En vano suspiras por el martirio, pues ya el mismo Señor crucificado imprime en ti sus llagas, y hace que sientas la atrocidad de sus dolores. Atiende desde el Cielo a tus devotas ovejuelas, y alcánzales de Dios que vayan a aumentar el número de tus dichosos compañeros en la gloria.
℣. Ruega por nosotros, padre nuestro San Francisco.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.
ORACIÓN
Oh Dios, que por los méritos del bienaventurado San Francisco adornaste tu Iglesia con una nueva familia, concédenos que, a imitación suya, despreciemos las cosas de la tierra, y nos hagamos dignos de ser partícipes de los dones celestiales: Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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