Don Bosco y el Rosario

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San Juan Bosco aprendió en las rodillas de su santa madre, Margarita, esta arraigada devoción del Santo Rosario.

Cuando inició su apostolado infantil entre sus compañeros, a los que se agregaba el público mayor, iniciaba aquellas encantadoras sesiones vespertinas con el rezo del Santo Rosario.

Cuando seminarista, Don Bosco, pidió y fue autorizado para dirigir su inflamada palabra a los fieles y el tema de su primer sermón fue el Santo Rosario.

La primera capilla que erigió San Juan Bosco fue la de la Virgen del Santo Rosario en Becchi, adaptando para ella su casa paterna.

Su primer folleto dado a la prensa se titula:

«Misterios del Rosario» con breves reflexiones sobre cada misterio, tratando de introducir el rezo en las familias.

La multiplicación de las castañas se debe al deseo de premiar a sus pilluelos por haber rezado con devoción el Santo Rosario.

En los últimos años de su vida, por las noches invitaba algún acompañante para rezar juntos el Santo Rosario y uno de ellos, José Vespignani, asegura que a medida que progresa el rezo, el rostro del Santo se iba gradualmente iluminado, hasta poderse a su luz, distinguir los objetos del aposento.

Don Bosco siempre llevaba consigo su rosario para rezarlo caminando a pie, en el coche o en el tren, cuando viajaba; es más, algunas veces llevaba consigo varios rosarios, para poder obsequiarlos en la primera oportunidad y a veces regalaba su propio rosario.

Como Don Bosco era devotísimo de las Ánimas del Purgatorio, introdujo la piadosa costumbre de hacer rezar el Santo Rosario entero, con los quince misterios el día de los Difuntos. A sus niños los hacía rezar el Santo Rosario a diario durante la santa Misa…

El amor profundo de Don Bosco por la práctica cristianada Santo Rosario llega al punto de arrancar la afirmación que esa práctica era señal de predestinación.

Hacía rezar el Santo Rosario todos los días sus primeros asilados, para conservar incólume el tesoro de la pureza y combatir victoriosamente al demonio… aún antes, en la era del Oratorio Festivo errante, lo hacía rezar todos los días mientras iban o regresaban de sus talleres o fábricas o bien aún durante el trabajo, animándoles con esta frase: «Tan necesario como es el pan para el cuerpo, así lo es el Santo Rosario para la salud del alma».

Cuando podía, él mismo se reunía con su santa madre y juntos lo rezaban con fervor. Con frecuencia aseguraba que los devotos de la Santísima Virgen, que rezaban el Santo Rosario, podían estar seguros que se salvaban.

Cuando enviados del gobierno inglés le propusieron que sustituyera el rezo del Rosario con otras bellas y atractivas oraciones, respondió enfáticamente y con decisión: «Si quitáis de las manos de mis niños el Rosario, prefiero cerrar todos mis colegios, porque precisamente el santo Rosario es el remedio más eficaz contra todas las tentaciones».

Fuente: Devocionario de María Auxiliadora 

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