Día 9: Novena a María Auxiliadora

María Auxiliadora Novenas

Reflexión para el noveno día:
Saludables efectos de la devoción a María
El templo de Nuestra Señora de las Victorias, erigido en París por el rey Luis XIII, en acción de gracias por las muchas victorias que había alcanzado sobre sus enemigos, era a principios del siglo XIX poco menos que inútil para la piedad. Colocado en el centro del comercio y de los negocios, rodeado de teatros y lugares de disipación mundanal, era bien escaso el número de fieles que concurría a él aún en las más grandes solemnidades de la Iglesia.
En 1832 fue nombrado cura de esta parroquia de indiferentes el abate Carlos Desgenettes, santo varón animado de un celo ardiente por la salvación de las almas. Durante cuatro años se esforzó inútilmente por vencer la indiferencia glacial de los feligreses, llamándolos por diversos medios al cumplimiento de sus deberes religiosos.
En el estado de aflicción en que se hallaba el buen párroco al ver la absoluta esterilidad de sus afanes, se le ocurrió un día, durante el sacrificio de la Misa, el pensamiento de consagrar su parroquia al inmaculado Corazón de María para obtener por su mediación la conversión de los pecadores y el renacimiento del fervor religioso. Tal fue la persistencia con que golpeaba a su mente este pensamiento que lo obligó a redactar sin tardanza los estatutos de la asociación, que es hoy la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María. Aprobadas las bases por el señor Arzobispo de París, de signó el párroco el Domingo 11 de diciembre de 1836 para su solemne instalación e invitó a este acto con encarecimiento a los pocos cristianos que acudían a oír sus predicaciones.
Grande y muy grata fue la sorpresa del venerable cura al ver que, á la hora indicada el templo era estrecho para contener la multitud que acudía a su llamado, siendo lo más extraño que una gran parte de la concurrencia era compuesta de hombres. La distribución piadosa dio principio por las Vísperas de la Santísima Virgen y continuó con la plática, que fue oída con atención y recogimiento; pero donde el fervor llegó a su colmo, fue durante el canto de las Letanías, y sobre todo, al llegar al Refugium peccatorum, Ora pro nobis, palabras que por un movimiento espontáneo e imprevisto fueron repetidas tres veces consecutivas, como el grito de angustia que sale espontáneamente de todos los labios en presencia de un peligro común.
Al ver este efecto maravilloso, y con el corazón lleno de las más dulces emociones de alegría, el venerable cura, que se hallaba postrado al pie del altar, exclamó animado por la más tierna confianza en medio de un torrente de lágrimas: «Vos salvaréis, Madre mía, a estos pobres pecadores que os aclaman su refugio. Adoptad esta piadosa devoción, y en testimonio de que la aceptáis, concededme la gracia de la conversión de M…. a quien mañana visitaré en nombre vuestro.
La conversión que acababa de pedir en un momento tan solemne era la del último ministro del rey mártir, Luis XVI, que había vivido en el seno de la impiedad y que según todas las apariencias, moriría lejos de la religión. El cura visitó, en efecto, al día siguiente a este hombre y lo halló tan profundamente cambiado que no pudo ya dudar de que la obra que acababa de fundar era inspirada por la Madre de Dios. Si no hubiera tenido en este hecho una prueba tan clara de la protección de María, habría bastado para convencerse de ello los copiosísimos frutos recogidos de esta admirable obra. Las costumbres se transformaron como por encanto, y donde reinaba el hielo de la indiferencia, floreció el fervor religioso, el cual fue creciendo hasta el punto de que tres años después comulgaban en la Pascua 19,400 personas.
Esto nos demuestra que la devoción a la Santísima Virgen tiene el poder de transformar a los individuos y de atraer pueblos enteros a la fe.

Novena a María Auxiliadora, recomendada por San Juan Bosco

  1. Rezar, durante nueve días seguidos, tres Padres Nuestro, Avemarías y Glorias con la siguiente jaculatoria: “Sea alabado y reverenciado en todo momento el Santísimo y Divinísimo Sacramento del Altar” y luego tres Salves con la jaculatoria: “María Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros”.
  2. Acercarse los Santos Sacramentos de Confesión y Comunión.
  3. Hacer o prometer una limosna en favor de las obras de apostolado de la Iglesia o de las obras salesianas.

Oración:
¡Oh María! Virgen poderosa grande e ilustre defensora de la Iglesia, singular Auxilio de los cristianos, terrible como un ejército ordenado en batalla, tú sola has triunfado de todas las herejías del mundo,
¡Oh Madre! En nuestras angustias, en nuestras luchas, en nuestros apuros, líbranos del enemigo y en la hora de la muerte llévanos al Paraíso. Amén.

San Juan Bosco decía:
“Tengan mucha fe en Jesús Sacramentado y en María Auxiliadora y estén persuadidos de que la Virgen no dejará de cumplir plenamente sus deseos, si han de ser para la gloria de Dios y bien de sus almas. De lo contrario, les concederá otras gracia iguales o mayores”.

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